Este vehículo no tiene motor, lo impulsa un hombre de 74 años
A simple vista parece un pequeño vehículo a motor que avanza lentamente por las calles de Salcedo.
Tiene cabina, techo… y un cajón de carga.
Pero cuando uno mira hacia abajo descubre la verdad.
No tiene motor.
Tiene pedales.
Y sobre ellos, impulsándolo con la fuerza de sus piernas, va don Miguel Juma, un hombre de 74 años que todos los días sale a trabajar recorriendo la ciudad.
Don Miguel nació en el cantón Pimampiro, en la provincia de Imbabura, pero llegó a Salcedo hace 47 años.
Aquí formó su hogar, se casó y crió a sus tres hijos.
Durante muchos años trabajó como triciclero, un oficio duro pero digno que le permitió sostener a su familia.
Pero con el paso del tiempo la realidad cambió.
Las camionetas comenzaron a ocupar ese espacio y el trabajo de los tricicleros dejó de ser rentable.
Entonces don Miguel tuvo que reinventarse.
Encontró en el reciclaje una nueva forma de ganarse la vida.
Pero también encontró la manera de hacerlo a su modo.
Con paciencia y mucho ingenio empezó a construir su propio vehículo.
No lo hizo de un día para otro.
Lo fue armando poco a poco, comprando una pieza… y luego otra.
Le adaptó dos llantas en la parte posterior, construyó un cajón de carga e incluso levantó una pequeña cabina para protegerse mientras trabaja.
Ahora, cada mañana, recorre el centro de Salcedo buscando reciclaje.
Revisa los basureros con respeto y recoge aquello que todavía puede tener valor.
No siempre es fácil.
Hay semanas en las que, después de varios días de trabajo, apenas logra reunir diez dólares.
Aun así, cada día vuelve a salir.
Hace algún tiempo tuvo que dejar la vivienda donde vivía porque ya no pudo pagar el arriendo, y ahora comparte el hogar con una de sus hijas.
Pero él no quiere sentirse una carga.
Por eso sigue trabajando.
Don Miguel vive en el barrio San Antonio y dice que su trabajo sería más sencillo si las personas separaran el reciclaje en sus casas.
Cartón, papel o botellas.
Pequeños gestos que para él pueden significar mucho.
Antes de despedirnos le hice una última pregunta.
Le señalé su vehículo y le pregunté si tenía nombre.
Sonrió.
Y dijo que había pensado llamarlo “Correcaminos”.
Y desde ese día, así se llama.
Porque ahora, cuando se lo ve avanzar por las calles de Salcedo, ya no es solo un triciclo cargado de reciclaje.
Es don Miguel y el Correcaminos, recorriendo la ciudad con la fuerza de los pedales, con ingenio y con la dignidad de quien decidió seguir adelante.
Si algún día lo ves pasar por tu barrio, tal vez puedas guardarle un poco de reciclaje.
Para muchos puede ser poco.
Pero para don Miguel… puede significar mucho




























