La tarde del domingo 29 de marzo no fue una tarde cualquiera en Mulalillo. El cielo parecía más bajo, más pesado… como si también cargara el dolor de un pueblo que se quedó en silencio para despedir a dos de los suyos.
Hasta el cementerio llegaron, paso a paso, dos familias rotas, sostenidas apenas por los abrazos, por la fe, por los recuerdos. Ahí, entre lágrimas que no se podían contener, dieron el último adiós a Edgar Cunalata y Darío Chango, dos amigos, dos compañeros de trabajo, dos vidas que se apagaron demasiado pronto. Ambos tenían 33 años.
La tragedia ocurrió lejos de casa, en Tulcán, a más de 300 kilómetros de su tierra. El viernes 27 de marzo, cerca de las 14:00, mientras trabajaban en una obra de regeneración urbana, la tierra cedió sin aviso. Un montículo se desplomó sobre ellos mientras realizaban labores de excavación. No hubo tiempo. El derrumbe los sepultó, dejando además a otra persona herida.
Habían salido apenas el lunes, con la esperanza de volver con el fruto de su esfuerzo, con mejores días para los suyos. Pero el destino les tenía otro regreso… uno que nadie está preparado para recibir: dentro de féretros, envueltos en el llanto de quienes los amaban.
Edgar deja un vacío imposible de llenar. Dos pequeñas, de 4 y 6 años, crecerán ahora con su ausencia. En su hogar quedan sus risas, su forma tranquila de ser, su humildad, ese respeto que lo hacía querido por todos.
Darío, en cambio, apenas empezaba a escribir una nueva historia. Se había casado hace pocos meses, soñaba con construir un futuro, con compartir la vida que hoy quedó suspendida en el tiempo.
Mulalillo los llora. Los llora con esa tristeza profunda que no hace ruido, pero que pesa. Porque no solo se fueron dos trabajadores, se fueron dos amigos, dos hijos, dos hombres que salieron en busca de un mejor mañana… y regresaron convertidos en recuerdo.
Y en cada rincón de su parroquia, entre el murmullo del viento y el eco de las despedidas, queda una pregunta que duele: ¿por qué ellos?




























