El silencio de Cusubamba se rompió al mediodía.
En esta parroquia tranquila del cantón Salcedo, a apenas 40 minutos del centro, el dolor reunió a todos. Ahí, entre lágrimas y recuerdos, le dieron el último adiós a Pamela Naranjo.
Tenía 23 años. No debía irse.
Era una de las cinco víctimas del accidente entre dos buses ocurrido en Riobamba. Trabajaba en La Troncal… y estaba regresando a casa.
Pamela era odontóloga. Amaba lo que hacía. Estaba feliz.
Tenía planes y muchos sueños, pero todo se rompió en un instante.
Su novio, sus padres y toda su familia la despidieron con el corazón en la mano.
En su tierra la recordaron como era: alegre, cercana, llena de vida. Fue catequista, sembró fe y cariño en los niños y jóvenes y así, con ese mismo amor, la despidieron.
Cusubamba lloró en silencio. Un silencio pesado, de esos que no se explican.
Hoy su historia duele, pero también deja una pregunta inevitable:
¿cuántas vidas más deben apagarse para entender que en las vías también se cuida la vida?
Conducir no es solo llegar. Es regresar. Es permitir que alguien más vuelva a casa.




























